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Reflexiones para comenzar bien el 2010

Reflexiones para comenzar bien el 2010 300 225 Rafael

Feliz año para todos ustedes!!!!!!! Espero que este 2010 sea realmente un gran año, que se aleje el 2009 y que no vuelva más. Esta semana, me he permitido repetir un artículo que ya había escrito pero que sin embargo, cae muy bien para estos días, en los que vale la pena revisar varios conceptos para empezar muy bien este año.

“Si uno avanza con confianza en la dirección de sus sueños, y se esfuerza por vivir la vida que se ha imaginado, se encontrará con un éxito inesperado” Thoureau

nYa estamos terminando el 2009 y estos días son ideales para revisar si hemos logrado nuestros objetivos, si hemos alcanzado el éxito y en qué nos hemos equivocado, para en base ello, planificar el 2010. En él,  viven nuestros sueños, ideales y proyectos, pero sólo entendiendo las claves del presente, hurgando en sus secretos y pliegues, podemos hacer que algunos de esos sueños tengan lugar durante el año que viene.

Siempre, en mayor o menor grado, habrá una diferencia entre nuestros planes y el dictamen final de la vida.  El secreto está en caminar ese trecho y analizar el porqué de la desviación, el porqué del error, y eso es justamente lo que trataré de mostrar en este artículo, guiándome de algunos expertos que ya lo han hecho antes, y les ha ido muy bien.

Dice la conocida frase, Errare humanum est, pero también es humano y útil analizar los fracasos que hemos tenido este año. Quien mejor que Lance Armstrong, 4 veces campeón mundial de ciclismo, para que nos explique como aprendió de sus errores:  “El día de mi debut profesional, la clásica de San Sebastián, llovía a mares. Muchos corredores iban abandonando y estuve tentado de hacer lo mismo, pero no podía, era mi primera carrera profesional. Sería demasiado humillante, ¿Qué pensarían mis compañeros de equipo? De ciento once corredores acabé último, terminé a media hora del ganador. Todo el mundo se reía de mí. Unas pocas horas después, sentado en el aeropuerto de Madrid, pensé en dejarlo todo. Cuando iba a San Sebastián pensé en que podía ganar. Llamé a Chris Charmichael, mi entrenador. Le dije que estaba muy afectado y que estaba pensando en dejar el ciclismo profesional.  Chris me escuchó atentamente y contestó: “Lance, vas a aprender más de esta derrota que de ninguna otra de tu carrera en toda tu vida”  Ok, le respondí al colgar. Después de dos días de descanso, competí en Zurich. De un grupo preparado de cien ciclistas, quedé segundo. Después de todo, parece que valgo para esto. “

Al respecto, comentaba Santiago Álvarez de Mon: “Gracias Lance, necesitaba oír a un deportista en términos tan familiares y esperados. En la derrota hay que tragarse el orgullo, comerse la furia que te da el desprecio público, sentir el coraje y la frustración internos de tu mediocre rendimiento y bregar con la alternativa fatalista y cobarde de escapar del lugar de los hechos. En la victoria, así cabe calificar ese segundo puesto en Zurich, reaparece la mirada altiva y confiada, las ganas de batir a los demás como revancha de su vergüenza anterior, la vanidad restablecida que cosecha aplausos en lugar de pitos, y sobre todo, esa sensación de poder y dominio imperiales. Ganar es placentero, embriagador y además el mejor salvoconducto social que se puede expedir. La victoria es un fenomenal abrelatas, nada se le resiste. Al ganador se le abren todos los despachos, ningún gerentaso está reunido cuando llama, todos los políticos y periodistas están disponibles. Es la persona que todos quieren visitar, ver, tocar y agarrar. Perder, por el contrario, es doloroso, desconsolador, hiriente, y además antisocial y discriminatorio. Las puertas se cierran, las llamadas de teléfono se atragantan incontestadas, las reuniones se prolongan. Al menos sirve para prepararse para la soledad futura, los políticos, periodistas y amigos de antes, aduladores profesionales, te ignoran y ningunean. Solo quedan los sufridos familiares, flaco consuelo. La victoria es saludable y gozosa, la derrota es masoquista y desoladora, así de sencillo.” Álvarez recomienda nunca estudiar el pasado buscando fracasos sino más bien, analizarlo como una gran experiencia.

Los errores son parte principal del proceso de construcción, tienen que ser cometidos. Cómo actúas cuando tienes un error es crítico. Así es como las personas y las empresas crecen y mejoran. El fracaso es parte del éxito. Leía hace poco parte de la biografía de Valero Rivera, el técnico de balonmano más exitoso de todos los tiempos. DT del Barcelona que lo ganó todo, la copa Europea y muchos campeonatos nacionales. En una parte decía que estaba agradecido a sus errores. Cada vez que ganaba algo se volvía para atrás, buscaba  en el cofre de los recuerdos, encontraba una derrota anterior, le guiñaba el ojo cómplice y le reconocía su apoyo. Ojalá esa fuera la tónica general en personas y empresas.

En estas fecha, es común ver a los ejecutivos exitosos que se comprometen a prestarle mayor atención a sus vidas, sus familias, sus trabajos y a hacer planes para el próximo año. Sin embargo, en cuestión de semanas, la mayoría de dichos planes fracasan invariablemente. No es difícil entender por qué. En la mayoría de los casos, la causa principal es que las metas estuvieron mal definidas, el concepto de éxito no fue el adecuado ya que se circunscribe al ámbito profesional, se le suele definir en función a una buena oficina, un salario anual de seis cifras, el bono de fin de año y, quizá, un ascenso, pero no se toman en cuenta variables como la familia, la tranquilidad personal, el desarrollo de las virtudes humanas.

De esa forma, uno tiende a enfrascarse en una carrera interminable en busca de más: más títulos, más dinero, más negocios e independientemente de cuánto se haya logrado, siempre habrá más que buscar y conseguir.

¿Cómo escaparse de los peligros del éxito? Dejaré que Rivera lo diga con sus palabras:  “Estando muy encima, alerta, teniendo claro que el objetivo final es el proceso, no el resultado. No se busca el premio, no se piensa en ganar dinero. Se piensa en una misión y una tarea a realizar. Hay que fijar la cabeza en el proceso, atarla a los deberes contraídos, los resultados no deben tener ninguna cabida en nuestro mapa mental. Ya vendrán, luego los leeremos con cuidado y atención y extraeremos consecuencias. Mirar a corto plazo, el próximo partido, fijarte en lo que hay que hacer para ganar el partido y no relajarte. No se habla de ganar sino de hacer. Ganar es la consecuencia.

Como contrapartida se ha trabajado la humildad, única arma para protegerse de la autocomplacencia y la vanidad, administrar el presente y edificar el futuro. Con el éxito los equipos se aburguesan, se miran el ombligo, se acostumbran al aplauso, y sin darse cuenta, se autodestruyen. “

En este 2009 he sentido muchas veces que me he esforzado mucho pero el resultado ha sido malo. Y es que hay una cierta incompatibilidad de las formas de evaluación en nuestros quehaceres diarios. Por un lado, a Dios no le importan nuestros resultados, le importa nuestro esfuerzo para conseguirlos. Lo demás depende de El. Por otro lado, en el trabajo es al contrario, normalmente en las empresas lo que importa es el resultado final. Sabemos que no todo esfuerzo genera un resultado positivo, como también, no todo resultado positivo es fruto del esfuerzo de una persona o equipo, hay muchas variables adicionales que intervienen. Pero al final, ¿Qué es más importante?

Siguiendo con nuestro invitado virtual, nos responde Valero: “Si te vas a pasar la vida persiguiendo un éxito que no es definido por alguien que no eres tú, que es medido por variables y factores exógenos, ajenos a ti mismo, siempre estarás frustrado. Nunca habrá suficientes victorias. Y, si eres afortunado y las consigues, sólo serán números. Alguien te dirá que eres grande, que eres un ganador, pero en tu fuero interno sabes que es un éxito vacío. La única forma de salir de allí es que cada uno defina constantemente su propia idea de éxito, en términos deportivos, debería tener mayor profundidad y calado que ganar. Debería estar relacionada con la pasión interior que hace sentir y vibrar a nuestro corazón.

No estoy hambriento de victorias, estoy hambriento de excelencia profesional y personal. Mi meta, mi pasión, mi último objetivo no es el éxito sino la excelencia. Si se alcanza y se renueva periódicamente, el éxito, tarde o temprano le sigue. Si desarrollar todo nuestro potencial se convierte en el gran objetivo, si la búsqueda de la excelencia es la pulsión interior que moviliza fibras y nervios oxidados e indiferentes cuando se trata de fines más vulgares, no sólo se modifica el concepto de victoria, sino que se redefine también qué entendemos por derrota.  Sólo pierdes cuando no das todo lo que llevas dentro”.

Muchas veces, los resultados no acompañan, paciencia, dicen que la excelencia anda molesta con las prisas y los nervios. No sé si este habrá sido el caso de algunos de ustedes, si fuese así lo mas importante es analizar las causas, quizá una estrategia mal definida, o mal implementada, o el equipo humano no tiene el perfil necesario, aunque quizá lo más importante sea fijarse si esfuerzo realizado fue realmente el necesario.

Parafraseando lo dicho anteriormente,   ser el mejor no es consuelo cuando sabes que no has dado todo lo que llevas dentro. Antes de acabar un partido, una ya sabe si ha ganado o perdido, independientemente del árbitro, de los demás. Antes de cerrar el año laboralmente hablando, ya sabemos si ha sido bueno o malo para nosotros, independientemente de las metas fijadas por la empresa, ya sabemos si hemos sido realmente productivos, al margen de promociones, traslados, aumentos de remuneración  o despidos. Igual pasa con la vida, antes de acabarla, uno ya sabe si ha sido plena y abundante, si hemos dejado huella o si pasamos desapercibidos.

Como dice Alvarez de Mon, “¿Quién no ha amonestado a un alumno que saca notable, cuando sus talentos reclaman un sobresaliente? ¿Quién no ha propuesto a un colaborador subir un peldaño en la escalera de la excelencia, cuando él, cómodo y listo, se ha sentado en un descansillo, que, siendo parada y fonda, se transforma en morada y refugio permanente? ¿A qué padre o madre no se le ha caído la baba cuando ve a un hijo sudoroso perder un partido y dejar la cancha fatigado, y, en cambio, fruncir el seño cuando el mismo hijo abandona sobrado y descansado un partido, que pese a ganarlo, no conoció lo mejor de él?”.

El verdadero éxito es algo más íntimo, no sé si llama felicidad, pero si no lo es, se le parece mucho. Es  equilibrio, es vivir con la conciencia tranquila de saber que se ha esforzado al máximo por hacer las cosas bien. Este concepto difiere muchísimo de lo que pensábamos cuando éramos más jóvenes, en el que definíamos como exitosos únicamente a aquellos que tenían más dinero o a los que tenían su propia empresa.

La gente persigue la meta de maximización de la felicidad y mide su productividad en la cantidad de dinero ganado. Según una encuesta de este año incluida en una investigación realizada por Manel Baucells y M. Sarin del IESE y UCLA respectivamente y publicada en el boletín de Wharton, en la que se preguntó a la gente que especificara el factor que más mejoraría su calidad de vida, la respuesta más frecuente fue “más dinero.”. Sin embargo los indicadores de la felicidad han permanecido estables en los últimos 5 años a pesar de los aumentos significativos de la renta real que se han producido a lo largo del tiempo.  Esto no hace más que confirmar que la felicidad depende también de otros factores. Según Baucells estos son la composición genética de una persona, las relaciones familiares, la comunidad y los amigos, la salud, el trabajo (desempleo, seguridad de empleo), el entorno externo (libertad, guerras o trastornos sociales, crimen) y los valores personales (perspectivas sobre la vida, religión, espiritualidad). No obstante, los ingresos sí influyen hasta cierto punto en la felicidad de una persona y tienen un efecto moderador sobre los efectos adversos de algunos acontecimientos de la vida, pero sólo hasta cierto nivel, en el que cubre las necesidades básicas, luego de éste, más dinero ya no produce necesariamente más felicidad.  

Lo curioso es que seguimos creyendo que con más dinero podremos comprar más felicidad. Quizá el reorientar nuestras metas para este 2010 y enfocarlas en los factores que realmente nos darán satisfacción será un buen punto de inicio.  Pero tan importante como fijarlas, es definir como implementarlas y cómo  controlar su cumplimiento durante el año. Año nuevo, lucha nueva. En fin, ya se me acabó el material y las ideas por hoy. Tengo que tener sentido de la oportunidad y saber cuando sobro en un lugar o cuando ya el artículo está demasiado largo.

Para alcanzar un sueño hay que estar bien despiertos

Para alcanzar un sueño hay que estar bien despiertos 90 128 Rafael

Dicen que la vida es sueño y los sueños, sueños son. Yo normalmente soy un soñador, pero un soñador de sueños reales, soy de los que creen que hay que vivir los sueños y no soñar la vida. Y es que para alcanzar un sueño hay que estar bien despiertos. Yo personalmente no tengo sueños brillantes dormido aunque sí los tengo despierto. Hay una frase que dice “Soñad y os quedareis cortos”. Pero claro, la pregunta es ¿qué tan complicado es alcanzar nuestros sueños? ¿Existe algún método para eso? 

Soñar, que importante hacerlo despierto

Según el profesor del IESE de Barcelona, Luis Huete, para cumplir los sueños es necesario esforzarse por trazar y cumplir metas concretas, pero también planificar y cultivar una serie de disciplinas de autoliderazgo. En un artículo publicado en el IESE Insight recientemente, nos cuenta que la construcción de los sueños requiere tener un plan personal de futuro, una lista de deseos y de sueños muy concretos. Para ello, es importante tener una ambición personal, es decir, en qué me quiero convertir.

El énfasis se pone en uno mismo: los hábitos que se quieren desarrollar o las características de la personalidad que se quieren potenciar. Los sueños han de empezar con la ambición de mejorar los recursos personales. Lo que acabamos haciendo con nosotros mismos es la base de todo lo que nos acaba sucediendo en la vida. Decidir en qué tres o cuatro cosas se quiere destacar y convertirse en una autoridad mundial. Pueden ser ambiciones personales o profesionales. 

Las restricciones a vencer

Uno de los peores enemigos para hacer que se cumplan los sueños es el miedo, es nuestro temor a fallar, a equivocarnos, y por ello simplemente preferimos no tomar la iniciativa para empezar a cumplirlos. Al respecto decía Alvarez de Mon en su libro Desde la Adversidad que existen dos tipos de personas, “los primeros, bombardeados y acosados por la posibilidad de equivocarse, tienden a pecar por defecto, la cautela y el control excesivo les atenazan. Los segundos, salvo aquellos que crezcan hiper protegidos y anestesiados, tienden a pecar por exceso, en su discurrir hay que ponerles quitamiedos, ruedas de goma y colchones porque les gusta vivir cerca del precipicio. Ahí les espera el error, con él mantienen una comunicación fluida y llevadera, no les pesa como una piedra en la mochila. ¿Qué nos pasa a los que tenemos vértigo, a los que sufrimos miedo a las alturas? Miramos para abajo, temblamos y nos caemos. El miedo a caer nos hace caer. “

Al respecto, Lance Armstrong, 4 veces campeón del Tour de de Francia, nos cuenta: “He encontrado en mi carrera que la reducción del miedo ha contribuido más a mis éxitos deportivos que el desarrollo del propio talento. Ciertamente tenemos que cultivar nuestras habilidades, pero al final es la voz de la duda la que las destruye. Todos tenemos dos personalidades distintas, la del crítico y la del campeón. Ignorar al crítico y escuchar al campeón es esencial para vivir”. 

Mantener el espíritu joven

Un punto a tomar en cuenta es el optimismo, el ver las cosas siempre por el lado bueno, eso hará crecernos frente a las dificultades. Ello implica también mantener el espíritu joven, los sueños vigentes, el anhelo de que nos falta mucho por vivir y muchos sueños por alanzar, independientemente de la edad que tengamos. Al respecto, me viene a la memoria el poema preferido de Matsushita, aquel japonés visionario, fundador de Panasonic: “La juventud no es un período de vida, es una forma de pensar, no son mejillas sonrosadas, labios rojos y rodillas flexibles, es fuerza de la voluntad, calidad de la imaginación, vigor de los sentimientos. La juventud significa el predominio temperamental del valor sobre la timidez, del ansia de aventura sobre el amor a la tranquilidad. No es raro encontrar más vigor en un hombre de sesenta años que en un muchacho de veinte. Nadie se hace viejo por el número de años. Nos hacemos viejos al traicionar nuestros sueños, nuestros ideales. Los años pueden arrugar la piel, pero la renuncia al entusiasmo arruga el alma. La preocupación, el temor, la falta de confianza en uno mismo agobian al corazón y convierten en polvo al espíritu. Con ochenta o quince años, todos los corazones humanos sienten la atracción de la maravilla, el apetito infantil de lo que está por venir y la alegría del juego de vivir.”

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Claves para triunfar en la vida

Me he permitido revisar las revistas más importantes de negocios del mundo persiguiendo las pistas reales, y concretas que nos ayuden a triunfar en la vida y lograr nuestros sueños. Según un artículo reciente de la revista Entrepeneur, se mencionan cuatro principios esenciales que debe implementar cualquier persona que quiera conocer el éxito. 

1. Claridad: Deben estar absolutamente claros de quiénes son y a donde quieren llegar en la vida, tanto a nivel personal, como laboral, y espiritual. Para ello necesitan objetivos y planes por escrito para cada etapa de su vida. Comiencen con sus valores. ¿Qué visión tienen de ustedes y de su futuro? ¿Cuál es la misión de su negocio? ¿Cuál es el sentido de su vida? ¿Qué es realmente lo que ustedes quieren hacer con su vida?

2. Competencia: para ser realmente exitoso y feliz. Ustedes deben ser muy buenos en lo que hacen. Propónganse pertenecer a los mejores de su área. Su principal objetivo en este sentido es lograr un desempeño excepcional, un trabajo realizado a la perfección. 

3. Enfoque: su habilidad para concentrarse en las cosas más importantes hasta que hayan sido terminadas será un prerrequisito esencial para el éxito. 

4. Coraje: se requiere mucho coraje para tomar los riesgos necesarios para ser exitoso. Y ser exitoso en la vida no es sinónimo de ser millonario, es un concepto mucho más amplio, uno es exitoso si es feliz, y es feliz si está con la conciencia tranquila de saber que hace lo correcto para él y para los que lo rodean. Es decir, ser exitoso es sinónimo de ser un excelente padre, amigo, hijo, enamorado y empleado. 

Según la Revista Harvard Business Review en un artículo reciente escrito por Peter Drucker señala que algunos de los mejores Gerentes con los que ha trabajado en su carrera de 65 años como consultor no eran los líderes típicos. Lo que los hacía efectivos era que se cuestionaban constantemente ¿Qué debe ser hecho? y ¿Qué es lo mejor para los demás o para la compañía?.

Otra de las respuestas más sorprendentes sobre las claves para conseguir los sueños la da Juan Oiarzabal, el único alpinista que ha coronado los 14 ocho miles (montañas de mas de 8 mil metros de altura) sin oxígeno. Nos dice: “El factor ambición, tener hambre de llegar es importante. También lo es la preparación previa que hayas desarrollado antes, pero lo mas crítico es la capacidad de sufrimiento. Si no has aprendido a sufrir, si no te has endurecido en situaciones extremas, estás perdido. Contra lo que se tiende a pensar, uno puede educar la capacidad de sufrimiento. Por ejemplo, recuerdo la última ascensión al Everest, sin oxígeno, después de terminar el tercer escalón. Es una escalada empinadísima, me tiré 20 minutos cara al cielo tratando de recuperar algo de oxígeno. Si no te has entrenado y sufrido antes, te aseguro que no sigues ascendiendo. La montaña es incierta e imprevisible, te pueden pasar muchos imprevistos que ni sospechabas momentos antes. Un cambio brusco de temperatura, una avalancha, una niebla espesa que te impide ver mas allá de dos metros. Te preparas, planificas todo, y luego surgen un sinfín de imponderables de los que pueden depender tu vida. Uno está obligado a organizar y controlar todo lo que depende de él, pero luego, ante la Madre naturaleza, tienes que rebajarte y adaptarte a las circunstancias del momento”.

Lance Armstrong, 4 veces campeón del Tour de Francia, una vez interrogado sobre qué placer le llevaba a montar bicicleta respondió sorprendido: “¿placer?, ninguno, lo hago por el sufrimiento.” Los maratonistas, los “ironman” en el fondo, son grandes profesionales del sufrimiento. Alguno pudiera pensar que sus actividades lindan con el masoquismo y la locura, pero lo que es indudable es que si estuvieran “cuerdos” como los demás, si no tuvieran el coraje de forzar sus limites físicos y mentales, no serían lo que son.

A título personal creo que la gente altamente exitosa es aquella que vive con las luces altas, es decir, que se traza objetivos a largo plazo en los distintos escenarios de su vida, en el plano de desarrollo personal, familiar, espiritual y profesional, y busca la manera de hacerles un seguimiento perseverando en todo aquello que deba mejorar. Ayudará también el tener una coherencia entre lo que piensan, lo que dicen y lo que hacen. Otra de las cualidades más importantes es la humildad para saber reconocer a tiempo los errores y la perseverancia para ser constante en los objetivos trazados, vale más concentrarse en pocos objetivos pero no parar hasta terminarlos que querer estar en todo y al final no lograr nada.

Quizá la tarea mas inaplazable sea definir concretamente como empezar a implementar esto en nuestras vidas. ¿Lo intentamos?

El matrimonio sí funciona

El matrimonio sí funciona 85 128 Rafael
 

Hoy en día se habla cada vez más del incremento de divorcios y separaciones en matrimonios cercanos a nosotros, pero existen también millones de matrimonios felices que permanecen en el anonimato y es hora de ponerlos de moda, no por ellos, sino porque lo necesita la sociedad. 

No hay que tener miedo al fracaso en nuestro matrimonio si las cosas se hacen bien desde el principio, porque contrario al refrán que da el nombre a este artículo, el éxito del matrimonio no depende de la suerte. Tengo varios amigos casados que ya se han separado, sus matrimonios no duraron ni 3 años, ¿Por qué? Una de las principales razones es porque “ya no había amor en su relación”.

Un amigo español experto en este tema, Aníbal Cuevas, escribió que para que haya amor, hay que amar. Parece una frase muy simple, pero es bastante profunda. Nos dice que el Amor es un sustantivo y por tanto refleja estatismo, amar es un verbo y refleja por tanto acción. El amor es estático, no se mueve, no avanza, no crece, no se recupera, si no se ama. El amor necesita la acción de amar. Por eso el amor igual que viene se va y es que para permanecer necesita del verbo amar.¿Cuál es la solución cuando ya no hay amor? Amar, amar más. Hay un conocido proverbio que dice: Hay que sembrar amor, donde no hay amor, para cosechar amor. Quizás sea ésta una de las claves de la diferencia entre el enamoramiento y el amor. El enamoramiento viene y va, el amor se quiere, se busca, se defiende y se trabaja.

Trabajando el matrimonio

¿Que cuesta porque ya no se siente lo mismo? Pues claro que cuesta. En esta vida no hay lonche gratis. Pero todo lo que cuesta vale. Además, ¿qué significa eso de “sentir”? Definitivamente la solidez de un matrimonio no se puede sustentar en que “hoy siento que te amo”, “hoy no siento nada por ti”. Llevados de esta idea que cada vez está mas extendida, cuando los sentimientos desaparecen o la convivencia se hace cuesta arriba, muchas personas empiezan a buscar fuera lo que no encuentran dentro. En vez de concentrar su atención y esfuerzo en recuperar o reconstruir ese amor, se dejan llevar de lo que sienten o de lo más fácil: sentirse víctimas y buscar consuelos. Algo tan fundamental y que afecta aspectos tan íntimos de las personas como es el amor no puede estar sustentado exclusivamente sobre algo tan frágil y quebradizo como son los sentimientos que por su propia naturaleza son oscilantes y sujetos a altibajos que, en la mayoría de los casos, no dependen de la voluntad de uno mismo. Los sentimientos dependen de numerosos factores internos y externos a nosotros. Factores tales como el clima, el cansancio, los desarreglos hormonales y el estrés hacen que varíen nuestros sentimientos y estados de ánimo. El matrimonio debe estar afianzado y construido sobre algo más sólido como la voluntad y la inteligencia.

Por otro lado, el pensamiento siempre debe llevar un componente sentimental y no únicamente basarse en el raciocinio. Es decir, debe ser guiado por el corazón y la cabeza, lo cual hace un amor inteligente. La verdadera sede de la inteligencia no es únicamente la razón sino también el corazón. Un corazón inteligente y una razón sensible forman una dupla imparable.

Hay aspectos de la vida que de tan naturales no se les presta demasiada atención. Pareciera que su desarrollo y crecimiento fuera automático. Así pasa con demasiada frecuencia con el amor matrimonial ¿No es lo más natural que los esposos se amen? ¿Porqué se iban a casar si no fuera así?.Sin embargo el mayor peligro de lo natural es justamente ese, al ser considerado natural se entiende que no hace falta preocuparse de ello, está ahí. Precisamente por esa razón pienso que hay que dedicar tiempo al amor entre los esposos. Nunca, ni en los mejores días hay que dar nada por supuesto. Desde el primer momento hay que cuidar ese amor para que crezca y se haga cada vez más fuerte. Se tiende a pensar que el amor fuerte es el que despierta pasiones y sentimientos explosivos y ello encierra un gran peligro para el amor verdadero. El amor más fuerte es el que supone querer al otro cada día, no haciéndolo depender de emociones fuertes. Hace falta aprender a amar y amar precisamente cuando el amor no parece fuerte porque faltan las emociones. Para ello, es necesario saber cuales son algunas de las causas que son las generadores de las inevitables crisis que ocurren en todos los matrimonios.

Al respecto, he extraído las mencionadas por Antonio Vásquez en su libro “El matrimonio y los días”. Nos cuenta que la primera de ellas es la exagerada expectativa de esperar demasiado del matrimonio, en lugar de ir a él para entregarse. Se pretende que el cónyuge sea perfecto, o a eternizar momentos de los primeros días del enamoramiento. La pregunta no es: ¿Cuánto me puedo beneficiar?, sino cuánto puedo dar en el matrimonio. Otras de las causas son el mal carácter de cada uno, la rutina, la atención a medios de comunicación que transmiten antivalores, la soberbia y el orgullo, las cuales son el origen de casi todos los defectos, del mismo modo que la humildad y la sencillez, son el fundamento de casi todas las cualidades. 

Existe una creencia tan falsa como difusa según la cual, cuando el amor existe, no deberían presentarse dificultades ni obstáculos. De esta forma, cuando llegan los conflictos, se interpreta que el amor está perdiendo fuerza y calidad. 

La camisa del casado feliz

Uno de los mejores artículos sobre el matrimonio que he leído últimamente es un resumen que se publicó en el Boletín de egresados del IESE en el que Gerardo Castillo, profesor del Departamento de Educación de la Universidad de Navarra, define las claves del éxito en el amor conyugal tomando como base una encuesta entre cien matrimonios de diferentes países, con un mínimo de diez años de vida conyugal, que se consideraban felices, aunque no faltasen en sus vidas algunos sinsabores y conflictos que ellos consideraban normales. Resume las conclusiones de esa encuesta en los siguientes factores de éxito:

• Evitar por todos los medios, las ofensas de palabra, acción o gestos.

• Aprender a callar, evitando discusiones inútiles.

• Aceptar al otro tal cual es y quererle con sus defectos. Hay dos tipos de defectos, las manías y los graves, son sólo los últimos los que se deberá ayudar al otro a cambiar.

• Hablar después de un pleito, no cerrar las heridas en falso.

• Si la relación con Dios es buena, por ende la relación con los esposos será también buena.

• Esforzarse cada día. Quien renuncie al esfuerzo ha firmado la sentencia de muerte de su matrimonio. Se trata de luchar, no de vencer siempre.

• Incidir siempre en la parte afectiva, un beso puede darse de mil maneras, esa agarrada de mano, ese abrir la puerta, hay mil detalles.

Casarse para toda la vida: haber tenido claro que el matrimonio es para siempre.

• Utilizar recursos para mantener la relación en buen estado y prevenir posibles conflictos: hablar a tiempo, reconocer errores, saber disculparse y saber ceder.

Convivir como personas que se quieren: sinceridad (no tener secretos con el otro), confianza, comprensión, respeto, buenos modales, delicadeza en el trato, saber callar, saber escuchar, no decir siempre la última palabra.

Cuidar cada día los pequeños detalles que hacen más grata la vida al otro.

En los enfrentamientos apelar a los buenos recuerdos y recurrir al buen humor, que desdramatiza los problemas y ayuda a ver la realidad por su lado más favorable.

• No levanten acta de las culpas del cónyuge, ni se empeñen en seguir echándole en cara cosas ya pasadas. Intenten vivir en el presente y mirar hacia adelante.

• El secreto de la felicidad conyugal está en lo cotidiano, no en ensueños. Está en encontrar la alegría escondida que da la llegada al hogar; en el trato cariñoso con los hijos; en el trabajo de todos los días, en el que colabora la familia entera, en el buen humor ante las dificultades, que hay que afrontar con deportividad.

  1. Las parejas más felices no siempre tienen lo mejor de todo, solo saben sacar lo mejor de lo que encuentran en su camino

• Los problemas se calman no con un grito, sino con una caricia.

¿En qué consistirá “blindar” el matrimonio?

Básicamente en vivir las virtudes humanas que llevan a la madurez y a la felicidad. La adquisición de virtudes en el matrimonio lleva a encontrar la felicidad propia buscando la felicidad del otro. La felicidad no se consigue empeñándose en ser feliz, sino procurando que lo sean los demás. La felicidad es el resultado de una vida de entrega a los demás; por eso se puede ser feliz aunque se sufra. Dedicar a lo largo del día parte del tiempo a pensar en cosas pequeñas que puedan mejorar la relación con el cónyuge supone estar “blindando” el matrimonio. No solo basta con ser esposos, sino estar como esposos, es decir, portarse como tales, porque como escuché la semana pasada: El que “es” debe estar, porque sino, corre el riesgo de que “esté” el que no “es”.

Optimismo

Optimismo 106 127 Rafael

 

Vuelvo nuevamente con uno de mis escritores preferidos sobre temas de adversidad, Santiago Alvarez de Mon, todo un maestro para describir y hacernos entender como es que se pueden convertir las tristezas en alegrías, el sufrimiento en felicidad.

En uno de sus libros en los que habla sobre adversidad y optimismo nos cuenta sobre Gustavo Zerbino, estudiante de medicina en ese entonces, que fue uno de los sobrevivientes del avión que cayó en el altiplano en Octubre de 1972. Formaba parte de un equipo de rugby uruguayo que iba a Chile. El avión en el que viajaban se estrelló a 3,500 metros sobre el nivel del mar en Los Andes. Al chocar el avión murieron instantáneamente 13 personas de las 45 que viajaban y durante los mas de 70 días de estar perdidos murieron otras dieciséis. Vivían hacinados en la cabina del avión soportando temperaturas de hasta 40 grados bajo cero, dándose masajes unos a otros para no morir congelados.

En el indescriptible escenario de las primeras horas en que el avión se estrelló en un campo donde no había ninguna opción de encontrar alguien que los pueda ayuda, encontramos a Gustavo quien practicó primeros auxilios a varios de sus compañeros heridos. Recuerda a Enrique Platero con el vientre destrozado. Le atiende, le venda la herida y le dice que no tiene nada grave, que es superficial. Le da una pastilla y le asegura que no tendrá dolor en seis días. Así sucede. A los seis días, vuelven los dolores, repite entonces la misma operación mental con los mismos efectos “sanadores”.

Gustavo cuenta en su libro “Viven, el triunfo del espíritu humano” lo siguiente: “La capacidad de sufrimiento del hombre es limitada. El umbral del dolor es convencional, es educado y educable. El límite del dolor varía según la forma anímica de afrontarlo. El hombre puede llegar a límites de dolor y sufrimiento hasta donde se anime a enfrentarlo. Aprendí en los Andes que con un cambio de actitud, el dolor puede convertirse incluso en placer”. Sobre el riesgo de entrar en una espiral de pensamientos negativos advierte: “Es un círculo vicioso descendente que te lleva a la depresión y hay que romperlo, ¿Formas de hacerlo?. Era necesario convencerse de la importancia de la fortaleza mental. Lo que nos rodeaba no dependía de nosotros, lo teníamos que tomar como un hecho, como un dato. Sin embargo, nuestro aspecto mental si dependía de nosotros, a nivel particular y de grupo, y se fortalecía sacando a las personas del protagonismo y del victimismo. Les decíamos de una manera suave, dura o terrorífica que ayudasen a los demás para que se sintieran útiles. Por qué no ayudas a fulano que te echó una mano y te precisa; haciéndolo se sentía bien y levantaba su autoestima.

Aquellas personas generosas, serviciales, volcadas en darse a los demás son las menos proclives en caer en el desánimo y la desesperanza. En la mente entra un pensamiento a cada instante. Podíamos elegir entre pasarlo lo mejor posible o ser los mas infelices del mundo. Podíamos convertir un pensamiento débil y negativo en otro positivo y fuerte. Dependía de nosotros.” Esa fue la lucidez de Zerbino, concentrarse en los factores en los que podían influir: estructura mental interior, diálogo exterior con los demás, reposar un poco y rezar.

Prosigue Zerbino “Lo mas angustiante fue la espera, porque la espera implicaba expectativas que dependían del exterior, y que con el paso del tiempo se podían ver frustradas, como así sucedió. Cuando nos enteramos que las operaciones de rescate eran suspendidas se vieron dos tipos de reacción. Para algunos fue un golpe durísimo porque habían depositado sus esperanzas en la ayuda de fuera. Todas sus expectativas se derrumbaron en ese instante, y presos de la desesperación se fueron muriendo gradualmente. Frente a esas circunstancias, otras personas lo tomaron como un dato que exigía una respuesta. Para aquellos que desde un principio adoptaron como una actitud preactiva y decidieron organizar sus propios sistemas de salvación, la noticia de la cancelación pudo ser digerida y superada. Una lección que aprendí fue que siempre hay que estar preparado para lo peor, esperando siempre lo mejor.

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En la cordillera me rebelé contra la muerte. Era tan natural que me resistí a que me atrapara tan pronto. También me enfadé con Dios, para luego darme cuenta de que El no tenía la culpa de lo que nos pasaba. Hechas las paces, le pedí fuerzas para aceptar la situación y pelear para salir de ella. Me imagino que muchos en algún momento han tenido una reacción similar con El. Y es que solo una fe recia y fuerte se hace preguntas duras y punzantes, los que confunden querer creer con creer no se pueden permitir ese lujo. Faltos de anclajes sólidos la duda les desarmaría.”

Gran ejemplo el de Zerbino. Otro invitado regular de los libros de Alvarez es Nelson Mandela, líder indiscutible que pasó 25 años encerrado en prisión por ser fiel a un ideal, otro gran ejemplo de lo que puede hacer el optimismo en el espíritu humano. Mandela cuenta en su libro autobiográfico: “Nunca consideré la posibilidad de que no saldría tarde o temprano de la prisión, a pesar de haber estado encerrado mas de 25 años. Nunca pensé que una sentencia a cadena perpetua significaría morir entre rejas. Siempre supe que algún día volvería a sentir la hierba bajo mis pies y pasear bajo el sol como un hombre libre.”

Como dice Alvarez, pensar y escribir todas estas cosas cuando todo ha pasado no tiene mérito. Con todos los partidos jugados es fácil acertar la quiniela. Hay optimistas de pacotilla que lo son sobre los demás, minimizan y trivializan los problemas ajenos, pero se ahogan en los suyos. Hay optimistas de cartón, que lo son a toro pasado, entonces respiran aliviados, pero mientras ocurren los hechos aúllan y gimen desconsoladamente. Por eso creo en esta declaración de fe de Mandela: “Fundamentalmente soy una persona optimista. No sé si me viene por naturaleza, nací así, o por crianza, pero el hecho es que lo soy. Siempre ando mirando el sol pensando que lo que viene será mejor. Ha habido muchos momentos muy negros en mi vida en los que mi fe en la humanidad fue seriamente probada, pero me negué a entregarme al desaliento. Esta senda te lleva a la derrota y a la muerte”. El eligió, optimista hasta los huesos, un camino de vida y de victoria.

Nuestra última invitada virtual de este artículo, es Hellen Keller, aquella mujer que nació ciega y sorda, y gracias a Anne Sullivan, su infatigable maestra, pudo darle un sentido a su vida. Nos cuenta sobre la felicidad en su ensayo “Optimismo”: ”La mayoría de la gente mide su felicidad en términos de placer físico y posesión material. Si la felicidad se pudiera medir y palpar, yo que no puedo ver ni oír, tengo todos los motivos para sentarme en una esquina y llorar sin parar. Si a pesar de mis privaciones, soy feliz, si mi felicidad es tan profunda que se convierte en una filosofía de vida, entonces resulta que soy una persona optimista por elección. Optimismo es un hecho que reside en mi corazón.” Su caso, realmente uno de los mas emocionantes del siglo, amerita un articulo que ya lo publicaré en las próximas semanas.

Un caso adicional, sobre un cantante de American Idol, que ya lo han visto millones de personas, porsiacaso lo incluyo acá en este video: http://www.elperiodico.com/default.asp?idpublicacio_PK=46&idioma=CAS&idnoticia_PK=416822&idseccio_PK=1028

Solo para terminar, algunos de ustedes saben que mi trabajo es seleccionar personal a las empresas, es por ello que suelo leer sobre este tema y la semana pasada me encontré con este párrafo que leí de un experto a nivel mundial, que calza muy bien con lo que estamos comentando. Decía así: “Cuando contrate a un jugador para su equipo, mírele de frente a los ojos, observe si mira limpia y noblemente, cuando el partido se ponga feo será de los que meten la pierna. Sino acierta en ese dilema crítico, que Dios le pille confesado. Lo peor que ocurre con los pesimistas es que nunca van solos. Es muy raro ver a un pesimista solo, como mucho, un rato, no muy largo. Su enfermedad es altamente contagiosa. Hoy tengo un pesimista en la empresa, y mañana sin darme cuenta, son legión y la llevarán a pique. Un consejo rápido y gratis. Rodéese de gente calificada y optimista, así las tormentas se vadean y sobrellevan mejor. O dicho de otro modo, prescinda de los pesimistas, a la larga, tumban cualquier embarcación que se tercie.” A buen entender, pocas palabras.

Dios existe, yo me lo encontré

Dios existe, yo me lo encontré 76 128 Rafael

 

Hace ya tiempo que quería escribir un artículo sobre André Frossard, uno de los mejores escritores de esta era. No encontré mejor opción que transcribirles de él mismo, una suerte de recopilación de hechos que lo hicieron cambiar rotundamente de pensar, dado que era un ateo recalcitrante, y encontrar a Dios.

Creo que cae a pelo para muchos de nosotros en los que existe un catolicismo displicente que se saca del armario para los bautizos, las comuniones, los matrimonios, los funerales y nada mas.

André Frossard nació en Francia en 1915. Fue educado en un ateísmo total. Encontrónnla Fe a los veinte años, de un modo sorprendente, en una capilla del Barrio Latino, en la que entró ateo y salió minutos más tarde “católico, apostólico y romano”.

Nos lo cuenta él mismo: “Eramos ateos perfectos, de esos que ni se preguntan por su ateísmo. Los últimos militantes anticlericales que todavía predicaban contra la religión en las reuniones públicas nos parecían patéticos y un poco ridículos, exactamente igual que lo serían unos historiadores esforzándose por refutar la fábula de Caperucita roja. Su celo no hacia más que prolongar en vano un debate cerrado mucho tiempo atrás pornnla razón. Pues el ateísmo perfecto no era ya el que negaba la existencia de Dios, sino aquel que ni siquiera se planteaba el problema.

Dios no existía. Su imagen o las que evocan su existencia no figuraban en parte alguna de nuestra casa. Nadie nos hablaba de Él. (…)No había Dios. El cielo estaba vacío; la tierra era una combinación de elementos químicos reunidos en formas caprichosas por el juego de las atracciones y de las repulsiones naturales. Pronto nos entregaría sus últimos secretos, entre los que no había en absoluto Dios.

¿Necesito decir que no estaba bautizado? Según el uso de los medios avanzados, mis padres habían decidido, de común acuerdo, que yo escogería mi religión a los veinte años, si contra toda espera razonable consideraba bueno tener una. Era una decisión sin cálculo que presentaba todas las apariencias de imparcialidad. ¿A los veinte años quiere creer? Que crea. De hecho, es una edad impaciente y tumultuosa en la que los que han sido educados en la fe acaban corrientemente por perderla antes de volverla a encontrar, treinta o cuarenta años más tarde, como una amiga dennla infancia… Los que no la han recibido en la cuna tienen pocas oportunidades de encontrarla al entrar en el cuartel…

Mi padre era el secretario general del partido socialista. Yo dormía en la habitación que, durante el día, servía a mi padre de despacho, frente a un retrato de Karl Marx, el cual me fascinaba. Era un león, escapaba al tiempo. Había en él algo de indestructible que era, transformada en piedra, la certidumbre de que tenía razón.

En Navidad, las campanas de los pueblos cercanos, que no encontraban eco entre nosotros, extendían como un manto de ceremonia sobre la campiña muerta. Nosotros también nos poníamos nuestros trajes domingueros para ir a ninguna parte (…) Almorzábamos en la mejor habitación, sobre el blanco mantel de los días señalados.

Pero ni el moscatel de Alsacia, ni la cerveza, ni la frambuesa, volvían a la familia más habladora. La comida, más rica que de costumbre, y el abeto, completamente barbudo de guirnaldas plateadas, nada conmemoraban. Era una Navidad sin recuerdos religiosos, una Navidad amnésica que conmemoraba la fiesta de nadie.

Mi madre vendía al pregón el periódico dennla Federación Socialista, completamente redactado por mi padre, entonces maestro destituido por amaños revolucionarios y reducido annla miseria. Pero la política llenaba la vida de mi padre. (…)

Rechazábamos todo lo que venía del catolicismo, con una señalada excepción para la persona -humana- de Jesucristo, hacia quien los antiguos del partido mantenían (con bastante parquedad, a decir verdad) una especie de sentimiento de origen moral y de destino poético. No éramos de los suyos, pero él habría podido ser de los nuestros por su amor a los pobres, su severidad con respeto a los poderosos, y sobre todo por el hecho de que había sido la víctima de los sacerdotes, en todo caso de los situados más alto, el ajusticiado por el poder y por su aparato de represión”.

Pero sin tener mérito alguno Frossard, porque Dios quiso y no por otra razón, fue el afortunado en recibir el regalo dennla conversión. El no buscaba a Dios. Se lo encontró: “Sobrenaturalmente, sé la verdad sobre la más disputada de las causas y el más antiguo de los procesos: Dios existe. Yo me lo encontré.

Me lo encontré fortuitamente -diría que por casualidad si el azar cupiese en esta especie de aventura-, con el asombro de paseante que, al doblar una calle de París, viese, en vez de la plaza o de la encrucijada habituales, una mar que batiese los pies de los edificios y se extendiese ante él hasta el infinito.

Fue un momento de estupor que dura todavía. Nunca me he acostumbrado a la existencia de Dios.

Habiendo entrado, a las cinco y diez de la tarde, en una capilla del Barrio Latino en busca de un amigo, salí a las cinco y cuarto en compañía de una amistad que no era de la tierra.

Habiendo entrado allí escéptico y ateo de extrema izquierda, y aún más que escéptico y todavía más que ateo, indiferente y ocupado en cosas muy distintas a un Dios que ni siquiera tenía intención de negar -hasta tal punto me parecía pasado, desde hacía mucho tiempo, a la cuenta de pérdidas y ganancias de la inquietud y de la ignorancia humanas-, volví a salir, algunos minutos más tarde, “católico, apostólico, romano”, llevado, alzado, recogido y arrollado por la ola de una alegría inagotable.

Al entrar tenía veinte años. Al salir, era un niño, listo para el bautismo, y que miraba entorno a sí, con los ojos desorbitados, ese cielo habitado, esa ciudad que no se sabía suspendida en los aires, esos seres a pleno sol que parecían caminar en la oscuridad, sin ver el inmenso desgarrón que acababa de hacerse en el toldo del mundo. Mis sentimientos, mis paisajes interiores, las construcciones intelectuales en las que me había repantingado, ya no existían; mis propias costumbres habían desaparecido y mis gustos estaban cambiados.

No me oculto lo que una conversión de esta clase, por su carácter improvisado, puede tener de chocante, e incluso de inadmisible, para los espíritus contemporáneos que prefieren los encaminamientos intelectuales a los flechazos místicos y que aprecian cada vez menos las intervenciones de lo divino en la vida cotidiana. Sin embargo, por deseoso que esté de alinearme con el espíritu de mi tiempo, no puedo sugerir los hitos de una elaboración lenta donde ha habido una brusca transformación; no puedo dar las razones psicológicas, inmediatas o lejanas, de esa mutación, porque esas razones no existen; me es imposible describir la senda que me ha conducido a la fe, porque me encontraba en cualquier otro camino y pensaba en cualquier otra cosa cuando caí en una especie de emboscada: no cuento cómo he llegado al catolicismo, sino como no iba a él y me lo encontré. (…)

Nada me preparaba a lo que me ha sucedido: también la caridad divina tiene sus actos gratuitos. Y si, a menudo, me resigno a hablar en primera persona, es porque está claro para mí, como quisiera que estuviese enseguida para vosotros, que no he desempeñado papel alguno en mi propia conversión. (…)

Ese acontecimiento iba a operar en mí una revolución tan extraordinaria, cambiando en un instante mi manera de ser, de ver, de sentir, transformando tan radicalmente mi carácter y haciéndome hablar un lenguaje tan insólito que mi familia se alarmó.

Se creyó oportuno, suponiéndome hechizado, hacerme examinar por un médico amigo, ateo y buen socialista. Después de conversar conmigo sosegadamente y de interrogarme indirectamente, pudo comunicar a mi padre sus conclusiones: era la “gracia”, dijo, un efecto de la “gracia” y nada más. No había por qué inquietarse.

Hablaba de la gracia como de una enfermedad extraña, que presentaba tales y cuales síntomas fácilmente reconocibles. ¿Era una enfermedad grave? No. La fe no atacaba a la razón. ¿Había un remedio? No; la enfermedad evolucionaba por sí misma hacia la curación; esas crisis de misticismo, a la edad en que yo había sido atacado, duraban generalmente dos años y no dejaban ni lesión, ni huellas. No había más que tener paciencia.

Se me toleraría mi capricho religioso a condición de que fuese discreto, como lo serían conmigo. Se me rogó que me abstuviese de todo proselitismo en relación con mi hermana menor. Ella se convertiría a pesar de todo al catolicismo, y mi madre también, bastantes años después de ella”.

Frossard escribió el libro de su conversión, Dios existe. Yo me lo encontré, que mereció el Gran Premio dennla literatura Católica en Francia en 1969, y que se convertiría en un best-seller mundial.

En 1985 fue elegido miembro dennla Academia y trabajó ennnla Comisión del Diccionario. Muere en París en 1995 a los 80 años de edad, tras haber sido uno de los intelectuales católicos franceses más influyentes de su país en el presente siglo.

Para saber mas sobre el, basta que ingresen a Google y pongan su nombre o algunos articulos en http://humanitas.cl/biblioteca/articulos/d0091/ o http://www.almudi.org/App/Asp/Noticias/noticias.asp?n=1102