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El profesional del futuro

El profesional del futuro 198 298 Rafael

Ya no basta con ser inteligente y trabajador, pues todo el mundo es inteligente y trabajador. ¿Cómo hacer para ser más atractivo para las empresas en estos tiempos de crisis?

Nuestra vocación profesional es una de las variables que más debemos tener en cuenta a la hora de pensar en ideas para mejorar. Y es que en nuestro trabajo pasamos la mayor cantidad de horas del día, es la fuente de nuestros recursos económicos, pero más importante aun, es también fuente de satisfacción o insatisfacción de muchos que se sienten que han triunfado o también fracasado según sea el caso. Es por ello que conviene estar siempre atentos de cómo trabajar mejor, como ser más productivos. De ello dependerán nuestros ascensos, nuestra línea de carrera y en algunos casos nuestro nivel de recompensa personal y económico.

Trabajo en una compañía de selección de personal y continuamente nos toca reclutar y escoger a los mejores. Les hemos preguntado a nuestros clientes actualmente, con crisis incluida, cuál es el perfil de los candidatos que buscan. Y la sorpresa fue grande. Y es que hace pocos años el perfil que se pedía era completamente distinto al de ahora. Antes bastaba con terminar en una universidad o instituto de cierto prestigio y tener experiencia, que sea medianamente inteligente y trabajador. Al poco tiempo, se exigía también además un post grado llámese Maestría o especialización en algún campo en especial y que sea un experto en el tema que manejará. Pero resulta que ahora, ya hay muchos que cumplen con ese perfil, y las empresas se han vuelto más exquisitas para reclutar personal. El factor crucial para tomar la decisión de contratación ya no será su formación académica o su experiencia sino sus capacidades relaciones.

¿Qué se exige en los profesionales hoy en día?

Que el profesional tenga habilidades o competencias y valores. En cuanto a las competencias, las hay de muchos tipos, pero para efectos prácticos las clasificaré en dos, las personales y las sociales. Dentro de las personales están incluidas el orden, pero no el orden para tener el escritorio ordenado, sino el orden mental para priorizar las cosas en tu vida, a qué le da uno mayor importancia, saber cuando hacer primero lo importante y cuando lo urgente, cuando adaptarse a la realidad (muy útil en tiempos de crisis). Otra de las competencias es la capacidad de las personas para tomar decisiones, saber negociar, liderazgo y pensamiento estratégico (ver el panorama completo, a mediano y largo plazo). Los exitosos lo son porque no sólo están en “el aquí” y “el ahora”. Están pacientemente dando pasos firmes en la dirección correcta.

En relación a las competencias sociales, las más importantes son la red de contactos que hayamos tejido, la capacidad para manejar eficazmente conflictos, trabajo en equipo e inteligencia emocional (capacidad para conocer tus emociones, desarrollarlas y controlarlas y conocer las de tu interlocutor, entenderlas y actuar en consecuencia). La relación con los demás es muy importante, ya sea con compañeros de trabajo, subordinados o jefes. Se debe tener la capacidad para generar empatía con los demás a pesar de problemas internos. Muchas veces se tiende a pensar que el jefe tiene que tratar como capataces al equipo que tiene a cargo para imponer respeto. Nada más falso. Un jefe que dice que es el jefe es una mala señal, implica que el liderazgo en ese jefe ya está por los suelos. Debe ser capaz de gestionar la impopularidad de decisiones correctas pero a veces difíciles de tomar. Debe utilizar un liderazgo sustentado en la intuición y creatividad.

Por otro lado están también los valores. Deben ser personas íntegras, de una sola pieza, que hagan las cosas bien a la primera, con una vocación de excelencia muy marcada. Apasionados por su trabajo. Que no trabajen por trabajar, sino que ese trabajo trascienda, tenga motivos más allá de ganar dinero.

Otro de los valores principales que debe tener es la humildad, valor que maneja bien el fracaso y maneja bien el éxito. Humildad para pasar la página del éxito con rapidez y de igual forma, en tiempos de crisis, tener la automotivación para ver oportunidades. Cuando cometen errores, aprenden de ellos, alzan el vuelo y siguen caminando. Y cuando parece que les van bien las cosas no se lo creen demasiado. El torpe es el que cree que nunca se equivoca. El inteligente es el que se da cuenta cuando se equivoca, pero más inteligente cuando lo corrige, y más aun cuando pide disculpas. No se “comparan con”, sino que “quieren aprender de”.

También buscan gente optimista, sobre todo en estos tiempos en los que la mayoría se lamenta de la crisis. Es ahora cuando hay que ver el vaso medio lleno. Normalmente este tipo de gente tiene muy buen humor. El humor es el que te evita caer en la desesperanza. El humor realmente te salva de la depresión. No se trata de contar chistes, sino de tener la capacidad de reirse de si mismo, de no creerse superman, de reconocer que es capaz de todos los errores y los horrores posibles, porque interiorizando eso, estarán alertas para no cometerlos.

Cuantos gerentasos hay que se creen superman, sólo porque tienen el poder, el estatus, pero no la credibilidad, la influencia, el “plus” de influencia del liderazgo, otra de las competencias imprescindibles de los ejecutivos de hoy. El liderazgo tiene que ver con gente que se rodea de gente competente, influye sobre sus colaboradores pero también sabe estar en soledad. El drama del hombre moderno es que no sabe estar solo, y necesitamos mucho tiempo solos para auto examinarnos, auto conocernos todos los días al final del día, saber que hicimos bien, que hicimos mal y que pudimos haber hecho mejor. El liderazgo es también el liderazgo de un ama de casa modesta, el liderazgo de un maestro que te hace perder el miedo a las matemáticas, el liderazgo de un médico en su consulta, que no sale en los periódicos pero que son ejercicios de influencia sobre el ser humano.

Se busca también una persona que tenga claras sus prioridades y metas en la vida. Que tenga un plan de vida definido. Si bien es cierto dicen que el hombre propone y Dios dispone. Sin embargo, nos encontramos a veces con gente que tiene planificada al milímetro su vida, y cualquier giro lo hace angustiarse demasiado. Por el contrario, otros van por donde se los lleve el viento. Miguel de Unamuno decía: “Nada de plan previo, que no eres edificio. No hace el plan a la vida, sino que ésta la traza viviendo. No te creas más, ni menos, ni igual que otro cualquiera, que no somos los hombres cantidades. Cada cual es único e irrepetible, en serlo a conciencia pon tu principal empeño.”

En el fondo, creo que es muy importante tener un Norte, un plan de vida definido, pero a la vez tener la flexibilidad para adaptarse a los tiempos. ¿Por ejemplo, quién se iba a imaginar hace un año que el mundo estaría como está hoy en día sumido en la peor crisis financiera en más de 70 años? Ayudará bastante que el hoy lo aprovechemos el máximo. Hay una corriente muy fuerte de aprovechamiento del tiempo, que le llaman “Time Management”. En la medida que aproveches al máximo tu tiempo hoy, te estarás asegurando el éxito del mañana. Ten en cuenta que los días perdidos no vuelven, y al final del trayecto los echaremos de menos. Con esto no quiero decir que se esté priorizando que cada día se trabaje más. Hay que trabajar bien, y mucho, y cuando hay que romperse el lomo hay que hacerlo, pero que no se confunda cantidad de horas de presencia física en el trabajo (algunas intrascendentes o dedicas al chisme) con tiempo de calidad, lealtad y compromiso, recurso carísimo en este país. Hay que aprovechar el tiempo también con aquellos que también necesitan de nosotros.

Conclusiones

Antes que profesional soy esposo, hijo, amigo y todas esas dimensiones de mi personalidad se ven sacrificadas si no trabajo de un modo más riguroso y eficiente. Al final, todo está relacionado, si soy mejor profesional, seré capaz de adquirir habilidades y competencias que me ayudarán a atender mejor otras dimensiones religión, familia, amigos, deporte, etc.

¿En qué debo enfocarme? Ya lo decía Santiago Álvarez de Mon, uno de los principales profesores IESE de España, actualmente considerada como una de las tres escuelas de negocios más prestigiosas del mundo, en una reciente entrevista que le hicieron. “Que mi mente hiperactiva escuche los recados de mi cuerpo, prematuramente avejentado. Que no me tome mi trabajo tan en serio, que la persona que soy gobierne con mano firme al personaje que represento. Que quien quiera que soy se dé cuenta de que estoy de paso, que aprenda a reírme de mí mismo, la última y gran asignatura que sólo los sabios aprueban con nota. Captar y sentir la corriente del río humano, atraer y gobernar el talento de mi empresa, conocer y educar a mis hijos, mantener una relación amable conmigo mismo, renovando mi equipaje intelectual, emocional y espiritual, son tareas cruciales que, pese a su naturaleza y jerarquía, un día sí y otro también son arrinconadas en la vorágine de días clonados en serie.”

Es decir, en estos tiempos hay que enfocarnos en ser profesionales exitosos, pero en mi vida las palabras éxito y fracaso tienen mucho más que ver con mi futuro como persona y el de mi familia, su bienestar y felicidad, que con mis logros y consecuciones profesionales.

No dejemos que estos tiempos de crisis y el desarrollo de nuestra carrera profesional nos puedan desmoronar. No hablo de falta de ambición y de impasibilidad, obviamente me ilusiona mucho encontrar en el trabajo fuentes de desarrollo personal, y que éstas estén ligadas a mi remuneración. Si el futuro laboralmente hablando sigue mejorando como estoy seguro que será (y que me costará muchísimo esfuerzo para que sea así), intentaré responder a la confianza depositada en mi, y si no, no es ninguna tragedia, no se va a derrumbar mi mundo personal.

El dinero no hace la felicidad… ¿o si?

El dinero no hace la felicidad… ¿o si? 300 216 Rafael

A continuación les paso un artículo que leí esta semana de Guillermo Fraile, uno de los más brillantes profesores de la UAI (Universidad Austral de Argentina) dado que me hizo pensar bastante.

“Trabajamos a contrarreloj para que nuestra familia reciba lo mejor y nos olvidamos de regalarle lo más importante: nuestro tiempo. ¿Nos domina una manera materialista de medir la felicidad? ¿Cómo distinguir entre lo necesario y lo que tenemos de más?

Estas frases hechas sólo quieren convencernos de algo de lo que no estamos convencidos. Nuestras acciones no siempre se alinean con nuestras convicciones, ¿o será que nuestras convicciones no son tan convincentes?

Los grandes momentos de satisfacción que vivimos en nuestra vida se relacionan, habitualmente, con experiencias familiares más que con logros laborales, a no ser que estos se hayan transformado en una conquista familiar.

¿Por qué empiezo este artículo de una manera tan particular? Porque no dejan de sorprenderme las conclusiones de las investigaciones del proyecto Trabajo y Vida familiar, dentro de Con-FyE (Conciliación Familia y Empresa).

No puedo negar, tampoco, que cuando las reflexiono detenidamente, me siento bastante identificado. Dentro del mundo directivo, mujeres y hombres de empresas, tenemos la clara convicción de que la demanda laboral va creciendo en forma gradual. Los tiempos son cada vez más escasos; los horarios, más extensos; los viajes, más frecuentes y la complejidad del trabajo, cada vez más evidente. Sorprende que las más de 50 horas por semana que el 92% de los directivos dedica a su tarea profesional, no se condice con las apenas 14 horas semanales que les dedican a los hijos. La primera conclusión sería más que obvia: dedico más tiempo a lo que más me satisface, donde más a gusto me encuentro. Pero esta lógica no es tan lógica. Las respuestas a la pregunta:

“¿Cuál de estos aspectos diría usted que es el que con mayor frecuencia lo hace sentir satisfecho? ¿Y el segundo?” (ver G1), son elocuentes. En los cinco primeros puestos, la familia tiene su lugar preponderante, con más del 70% de aceptación. Si hacemos una división por edades, la satisfacción que brinda la vida familiar se destaca en forma más clara en los directivos de mayor edad y, si dividimos por sexos, la ponderación no es muy dispar. Sin dudas, es en casa donde uno se siente más a gusto. Ahora debemos pensar por qué, entonces, estamos tanto tiempo fuera de casa, quizás más de lo necesario.

La pregunta que sigue es inevitable: “¿Cuál es la principal motivación que lo impulsa actualmente a trabajar?” (ver G2). La relación que existe entre los principales motivos de satisfacción personal y las razones que nos impulsan a trabajar, ¿son compatibles o están disociadas? El trabajo se ha transformado, para la gran mayoría, en un medio de consolidación del patrimonio, de sustento económico.

Nos estamos transformando, sin quererlo, en los proveedores de recursos familiares, en el CFO que consigue los fondos. Y lo hacemos con gusto. ¿Cómo tenemos lo que tenemos? La percepción que tenemos la mayoría de buscar a través de nuestro trabajo una base económica que “nos permita vivir

tranquilos”, no debería ser incompatible con la satisfacción que sentimos en familia. ¿Será quizás el patrimonio nuestra forma de “remunerar y agradecer” esa satisfacción en la vida familiar? ¿Será que no sabemos cómo hacer eficiente nuestro tiempo en casa y sí en el trabajo? ¿Será que aún no hemos

descubierto que nuestra mayor dedicación a la familia es un medio de retribución?

Los seres humanos estamos hechos de materia y espíritu. Por este motivo, no es malo que poseamos bienes, sino todo lo contrario, los necesitamos. El alimento, la vestimenta, el esparcimiento, la vivienda, un poco de confort merecido… Pensamos que el camino más directo para hacer feliz a los nuestros es brindarles esos bienes y nos convencemos a veces de que cuanto más, mejor.

Yo no creo en la conocida frase: “Al hombre hay que valorarlo no por lo que tiene, sino por lo que es”; las personas necesitan tener para poder desarrollarse personal y familiarmente. La pregunta no es cuánto tengo, sino cómo lo tengo. La frase que propongo sería: “Al hombre hay que valorarlo no por lo que tiene, sino por cómo tiene lo que tiene”. Si bien no es tan fácil de repetir como la anterior, podemos decir que “sabremos cómo eres si vemos cómo tienes”. Por esto, quiero compartir con ustedes algunas ideas que nos pueden ayudar a seguir dándole bienes a nuestra familia, pero con criterio. Los pensadores diferencian cuatro tipos de bienes.

Los dos primeros se caracterizan por ampliar el horizonte de la persona: la hacen crecer y la estimulan para que sea “más persona”. Los dos últimos la encierran en sus propios problemas, la hacen adicta a tener cada vez más, transforman los medios en fines y, en consecuencia, la achican y no la hacen feliz.

Estos son:

Bienes necesarios: que son menesterosos indispensablemente o hacen falta para un fin. Lo más básico de nuestra vida debe ser satisfecho por los bienes materiales esenciales. Nadie duda del derecho de todos los hombres a tener un techo, un alimento y una vida digna. Estos bienes son indiscutidos. Quienes, por las capacidades que recibieron y por las oportunidades que les ha dado la vida, han podido tener un desarrollo profesional importante, tendrían quizás la oportunidad de disponer de bienes necesarios distintos que los de otros. Pero, en todos los casos, hay un piso de necesidades universales y tenemos la responsabilidad de satisfacerlo. Los bienes necesarios corren el riesgo de no ser valorados, hasta que realmente faltan. Bienes convenientes: útiles, oportunos, provechosos. Hay cosas imprescindibles; otras, que sin serlo, nos ayudan para concretar nuestros fines. A medida que la sociedad evoluciona, la oferta de bienes nos facilita nuestro desarrollo. Hoy nadie se imagina una sociedad sin celular, pero hace apenas 15 años no pensábamos que ese invento iba a ser tan útil. De hecho, mucha gente vive sin este aparato, pero, para la gran mayoría, se ha transformado en un bien útil e importante para su desarrollo.

Bienes superfluos: no necesarios, que están de más. A medida que nuestra capacidad de consolidar nuestro patrimoniova creciendo, podemos correr el riesgo de empezar a darles a nuestras familias cosas que, por más buena intención que tengamos, pueden ser superfluas y causar un daño. Regalos de la última tecnología, zapatillas sofisticadas, viajes desproporcionados, entre otros, son cosas que probablemente nos ilusione llevar a casa y que ellos los disfruten, pero quizás puedan dejar, a la larga, una sensación de “demasiado”.

Bienes nocivos: dañoso, pernicioso, perjudicial. De lo que no tenemos dudas es que ninguno de nosotros dará a su familia un bien que sepamos que puede ser nocivo. El problema es que no siempre tenemos plena conciencia del impacto que tendrá en el futuro lo que hacemos hoy. La repetición de actos nos incorpora hábitos que, si no consolidan la relación familiar, se transforman en nocivos. Existe la posibilidad de que nos hayamos acostumbrado a vivir en familia de una forma que nos esté desviando del buen camino, sin darnos cuenta. Esto puede hacer que nuestra pequeña comunidad se vea dañada en sus relaciones afectivas y se transforme en un grupo demandante de bienes, del que seremos, simplemente, un proveedor de recursos y, cuando falten, seremos reprobados en nuestra función.

De convenientes a fundamentales; de superfluos a nocivos

Carlos Llano, profesor de la Universidad Panamericana (México DF), sostiene que el uso habitual de bienes convenientes tiende a transformarlos en necesarios, y el uso de bienes superfluos los vuelve nocivos. Lo que hasta hace unos años era conveniente, hoy puede ser necesario. Ya no se concibe una casa sin una buena dotación de electrodomésticos. Hasta nos cuesta pensar cómo nuestras abuelas se las arreglaban sin microondas, sin enceradora, ¡y hasta sin secarropas! (Aclaro que en una familia numerosa como la mía, el secarropas es un elemento esencial para la armonía familiar). Lo conveniente se hace necesario y la persona crece con el buen uso de estos instrumentos. La incursión de la madre de familia en el mercado laboral ha potenciado la necesidad

de disponer de más bienes necesarios en su casa, que le permitan hacer eficiente su tiempo para llegar a hacer más cosas.

Pero la otra cara de la moneda existe. Cuántas veces hemos corrido el riesgo de pasar, sin quererlo, de lo superfluo o lo nocivo, quizás sin saber que las cosas eran superfluas. Demasiados bienes innecesarios; gastos evitables; viajes extensos, repetitivos y caros que ya no sabemos cómo desactivar, pueden ser algunos ejemplos que nos prevengan para no caer en el vicio de “tener por tener”. Se llega a este estado de a poco, sin darse cuenta de cuándo se dio el paso. Bajo la imagen de querer dar porque la familia se lo merece, podemos terminar dándole lo que no merece. No tenemos dudas de que todos queremos dar a los nuestros las cosas necesarias y evitar, sobre todo, que reciban los bienes nocivos. Por esto, nuestro desafío está en saber diferenciar lo que es conveniente de lo superfluo.

Los divide una delgada línea, pero un gran abismo separa las consecuencias que producen. Estamos sobre la cumbrera de un techo a dos aguas. De un lado reside lo que nos mejora, del otro lo que nos daña. Muy cerca de la cumbrera, lo conveniente y lo superfluo, y nosotros, con nuestro afán de trabajar mucho para consolidar nuestro patrimonio familiar y dar a nuestros seres queridos lo que los hace felices. Sin darnos cuenta, llegamos a medir esa felicidad de acuerdo con la cantidad de cosas que reciben y pasamos al otro lado del techo, al mundo de lo superfluo. Nos rectificamos y volvemos del lado del que no debemos salir, y así sucesivamente.

Por último, una idea quizás obvia: no dejemos de tener en cuenta que el bien más necesario que debemos dar a nuestra familia es nuestro tiempo. Es el único que, una vez perdido, no se recupera. Sólo si nos convencemos de que las cosas necesitan de nuestra dedicación para su desarrollo, podremos estar seguros de que llevaremos una vida armónica entre nuestro tiempo laboral y familiar, y les daremos a los nuestros los bienes necesarios y convenientes para su formación, porque los bienes que poseemos son, en definitiva, medios para crecer como personas.

¿Cómo enfrentar las adversidades?

¿Cómo enfrentar las adversidades? 128 103 Rafael

 

“Solo aciertan a alcanzar el éxito quienes han llegado a comprender que toda adversidad lleva en su entraña la semilla de un beneficio.” Anónimo

¿Quién puede decir de esta agua no beberé? En algún momento de nuestras vidas, a todos nos toca recibir “la visita imprevista de una vieja y exigente maestra: La adversidad”, de la que podemos lamentarnos o de otro lado, aprender muchísimo. Pues bien, si igual va a venir, no nos queda otra que mirarla con buenos ojos y darle la bienvenida. Sólo de esa forma podremos aprovechar su visita para mejorar.

A continuación veremos casos de personas que le agradecen que los haya visitado, porque los cambió para bien, y quizá un acontecimiento tan duro como ese, fue lo único que los hubiese hecho cambiar. El primero es el de Andrea Bocelli, a los 12 años, a causa de una rara enfermedad y un pelotazo en la cara accidental, se quedó ciego. El mismo Bocelli comenta en su libro autobiográfico: The music of silence, ”Curiosamente la naturaleza, mientras me quitaba algo valiosísimo, la vista, me daba otro regalo, la música. Con una mano soltaba algo tan querido como la visión, pero con otra agarraba fuerte una muleta y una compañera inestimable, la música, otra forma de “ver”. Muchos de los logros de Bocelli se han dado gracias al coraje y persistencia de un hombre que aprendió a mirar de otra manera, porque “lo esencial es invisible a los ojos” tal como dice el Principito. 

Lance Armstrong, cuatro veces campeón del Tour de Francia, la prueba ciclística más importante del mundo. Diagnóstico: Cáncer testicular con metástasis en los pulmones y en el cerebro. Edad 25 años. Nos dice en su libro autobiográfico Its not about the bike: My journey back to life: “La verdad es que el cáncer ha sido lo mejor que me ha pasado en la vida, operó un profundo cambio en mi forma de ser, ha hecho maravillas con mi personalidad. ¿Por qué yo? Durante la mayor parte de mi vida había operado bajo un esquema simplista de ganar o perder, pero el cáncer me estaba enseñando a ser tolerante ante la ambigüedad. Ahora corría una carrera bien distinta. ¿Dónde estaba la línea de partida? ¿Cuál era el premio por ganar?” Se da cuenta que es una competencia distinta, que aquí no gana el que llega primero sino el que aprovecha de la mejor manera el kilometraje recorrido. 

Veamos otro caso, Randy Snow, quien sufrió un accidente que le inmovilizó las piernas, el único deportista en la historia de los juegos paraolímpicos que ha ganado medallas en tres disciplinas diferentes: Atletismo, tenis y baloncesto. En su libro Pushing forward, a memory of motivation, nos cuenta: “Mi accidente me dio una nueva perspectiva en la vida. Como si estuviéramos mirando la vida con un solo ojo, curiosamente me dio una claridad que antes permanecía escondida u oculta. Sé que suena de locos pero me alegro de lo que pasó. Gracias a mi situación he adquirido una nueva dimensión de la vida. Nos rodeamos en nuestra zona de confort de cosas y necesidades que nos atan y esclavizan. Gracias al accidente he conseguido desprenderme de muchas ataduras estúpidas. 

Mar Cogollos, joven psicóloga mundialmente famosa que por un accidente quedó hemipléjica, nos dice en plena depresión en su libro Elogio de la debilidad: “Descubrí que podía hacer mucho por los demás. Ayudarme y volcarme con ellos hizo que pasase de puntillas por la fase de la depresión. A todos les sorprendió, a mi también, lo pronto que aterricé y acepté mi nueva condición. Pensé que si aquel día no me quedé allí es porque aún tenía cosas importantes que hacer en esta vida. Recuerdo que pensar y ayudar a los demás me ayudó muchísimo en mi recuperación. Mis compañeras tenían que levantarse e ir al gimnasio por la mañana. Les urgía a que se arreglaran, que se peinaran, que siguieran siendo mujeres, la vida continúa. Cuando abandoné el hospital una persona me dijo, que no te miren con pena sino con admiración, y eso va a depender exclusivamente de ti. Y es que cuando te enfrentas a una adversidad, muchas veces te saca de dentro lo que tenemos, esa necesidad de darnos mas generosamente a los demás”. Esto me trae a colación una frase que leí hace algún tiempo: “¿Quieres un secreto para ser feliz?: date y sirve a los demás, sin esperar que te lo agradezcan.” No nos damos cuenta que el principal beneficiado en un acto de dar a los demás, no es el que recibe, sino el que da, porque es el que se queda con la alegría interna de haber hecho lo correcto.

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Al respecto, Santiago Alvarez de Mon, uno de los más brillantes pensadores de España, profesor del IESE, nos dice que “No hay persona que en sus cabales sea capaz de aguantar una continua observación de si misma. El que se presta mucha atención, es más propenso a cazar este virus moderno de la depresión. Por el contrario, las personas que tienden a vivir hacia fuera, son fuertes y resistentes al contagio depresivo. No es que estén inmunes, pero las personas serviciales y generosas llevan mejor los embates de esta epidemia que solo a los psiquiatras tiene felices.”

Nuestro último invitado es Christopher Reeve, nada menos que el actor que encarnó paradójicamente a Superman. A los 42 años, mientras montaba a caballo tuvo una caída que le produjo rotura de vértebras y parálisis de la cabeza para abajo incluyendo la falta de respiración (tuvo que vivir permanentemente conectado a un respirador artificial). Luego de ello necesitó 6 horas diarias para las actividades más elementales (vestirse, bañarse, ir al baño). A pesar de ello ganó en los últimos años varios Emmy y un Grammy estando así. Reeve escribe en su libro autobiográfico: “Tengo que admitir que cuando me despierto cada mañana, tengo que superar el shock de no ser capaz de moverme. Siento envidia de las personas que caminan y corren sin ningún problema. Ser bruscamente privado a los 42 años de muchas de las cosas que disfrutas de la vida es desalentador pero mi optimismo permanece intacto. Empecé a considerar, que vida puedo construir a partir de lo sucedido? ¿Hay alguna forma de ser útil, de echar una mano a los demás, de ponerse a trabajar de nuevo?, ¿Existe algún camino que me conduzca a ser otra vez esposo y padre? No obtuve ninguna respuesta pero el formularme esas preguntas, ya fue una gran ayuda.”

Como vemos, ha cambiado su forma de pensar, de quererse suicidar en un comienzo le empieza a dar un sentido a la vida. Sin embargo, la lucha diaria sigue siendo una constante. Como todo ser humano, Reeve tenía momentos en los que el desánimo y la tristeza, invadían su corazón. Sin embargo, supo darle un sentido a su sufrimiento, a su vida. Que él nos comente como hizo: “Si me entrego a la autocompasión o expreso mi desaliento delante de mi pequeño hijo Hill estoy poniendo una carga pesada e injusta en un niño de cinco años. Si me vuelvo hacia dentro de mi y paso el tiempo con nostalgia del pasado no puedo estar cerca de Mathew y Alexander, dos adolescentes que necesitan los criterios y consejos de su padre. Por último, que tipo de vida podría compartir con Dana, mi esposa, si me dejo llevar y me transformo en un armatoste deprimido que se arrastra en silla de ruedas?”.

A pesar de que lo mas lógico hubiese sido que se esconda tras su mala suerte, quién hubiese tenido agallas para reprochárselo, nuestro super héroe de carne y hueso luchó por ser ejemplo de padre y esposo ejemplar aún en esas condiciones. Al respecto, Alvarez de Mon, de cuyo libro extraje algunos casos, comenta que unos nos ahogamos con flotador en el jacuzzi temperado, iluminado y protegido, y otros como Reeve nadan a brazo partido con el mar más bravo, oscuro y helado y finalmente llegan a su destino eterno, con la alegría y la paz interior de saber que lucharon contra la adversidad y no pararon hasta vencerla. En otra sección de su libro, Reeve tiene una paradoja sobre qué es ser un héroe. Dejaré que él mismo lo cuente: “Cuando salió la primera película de Superman concedí un sinfín de entrevistas y la pregunta que más se repetía era: ¿Qué es para usted un héroe? Con qué facilidad y ligereza contestaba. Un héroe es alguien que lleva a cabo una acción valerosa sin reparar en las consecuencias.“ Quien iba a imaginar que aquel héroe de fantasía se iba a convertir en uno de carne y hueso, que demostró ser un verdadero héroe a punta de tener la fortaleza para perseverar y resistir, y seguir luchando a pesar de cargas durísimas. Y es que los verdaderos héroes son personas comunes y corrientes, anónimas, ese padre que se amanece trabajando para llevar algo de comida al hogar, esa madre que a pesar del trabajo diario en la empresa, se levanta varias horas antes para preparar el almuerzo de sus hijos, ese directivo que permite crecer a sus empleados, ese chiquillo que decide ir contra contra corriente contra la opinión de sus “valientes” amigos que están en drogas o se dejan llevar por el sexo, en fin, me refiero en general a cualquier persona que lucha por ser perfecta, por ayudar a los demás y hacerles la vida más fácil, olvidándose de ella misma. 

La pregunta del millón es: ¿Qué hacer cuando llega la adversidad? ¿Volver a leer notas tomadas de un curso de motivación? Probablemente sirvan de poco. Lo único que sirve en ese momento es la seguridad de que todo pasa por algo y nada es casualidad en esta vida, Dios sabe porqué hace las cosas . Tenemos dos opciones, o llevamos la adversidad con angustia, molestia, pena y sufrimiento, o le sacamos provecho a la vida, hacemos de tripas corazón y le vemos el lado bueno. Podemos tener el semblante serio y el corazón compungido, pero nadie nos quitará la felicidad de tener la conciencia tranquila, de saber que hacemos lo correcto, que luchamos por salir adelante. Podemos aprender mucho más de la gente discapacitada, pobre o llena de problemas, que de los inteligentes y famosos. Y es que las adversidades enseñan más que las explicaciones perfectas de grandes científicos enredados en sus esquemas. A través de su crecimiento, aceptación y entrega, la gente herida nos ha enseñado que debemos aceptar nuestras debilidades y no pretender ser siempre fuertes y capaces porque es allí donde creamos barreras para ser felices. Esto no quita que siempre luchemos incansablemente por ser mejores.

Bienvenida la adversidad 3: El valor se prueba en la dificultad

Bienvenida la adversidad 3: El valor se prueba en la dificultad 83 128 Rafael

 

Esta semana hemos invitado virtualmente a este blog a Bosco Gutierrez, un hombre que vivió todo un calvario durante 9 meses secuestrado. Tuve la suerte de verlo en un dvd que me prestaron, y estuve buscando por Internet alguna entrevista publicada para transcribirla y dejarles que él les cuente su drama y como hizo para salir adelante. A través de este impresionante testimonio podemos concluir que la actitud tiene una importancia singular. No importa lo que venga, nuestra actitud en la adversidad, ejemplar y valiente, es lo que nos hará vivir mejor. 

La historia de Bosco Gutiérrez, un conocido y prestigioso arquitecto mexicano, es muy dura. Fue secuestrado en 1991 y permaneció retenido durante nueve meses en un pequeño cuarto. Gracias a su fe en Dios no se amilanó y supo sacarle provecho a esta situación. Dejemos que el mismo nos cuente su historia: “Una mañana me dirigí al coche. De pronto, un brazo me agarró fuerte y me dieron un golpe con un arma para dejarme inconsciente», relata. Lo siguiente que recuerda es que se despertó cuando le cambiaron de auto para llevarle al cuarto de 2 metros cuadrados donde permanecería por 9 meses: “Tenía la esperanza de salir a los dos o tres días, nunca pensé que se prolongaría tanto”, reconoce Bosco.

«En el techo de la habitación había una cámara que registraba mis movimientos y un parlante en el que me ponían continuamente música para bloquear mi sentido del oído. Estuve escuchando el mismo caset durante cuatro meses seguidos. Nunca escuché sus voces, siempre nos comunicábamos por escrito. Incluso me interrogaron mediante un cuestionario en el que tuve que dar datos sobre mi familia. Si me negaba, les harían daño.» “El día y la noche eran confusos porque «encendían y apagaban la luz cuando querían y me daban muy mal de comer” señala. Poco a poco, Bosco reconoce que empezó a «volverse loco». «Ofrecí todos los días mi sufrimiento a Dios y, cuando pensaba, me daba cuenta de que Cristo había sufrido mucho más que yo y que había dado su vida por mí al ser crucificado.

El fin de la pesadilla. Tras nueve meses de cautiverio, se acordó el pago del rescate de Bosco. Se desarrollaría en Brasil y se encargarían de realizarlo sus hermanos, pero «por problemas, no se pudo efectuar». «Yo había construido un instrumento para abrir la ventana y algún día utilizarlo para escapar». Ese momento finalmente llegó: una mañana, «el secuestrador que tenía que vigilarme se retrasó y aproveché el descuido para escapar encomendándome en todo momento a Dios». La huída no fue tarea fácil, debido a su falta de fuerzas y al impacto que le causó la luz natural. Tuvo que sortear diversos peligros hasta abrir la puerta exterior del cuarto donde se encontraba, en la ciudad de Puebla, y coger un taxi. 

“Yo entiendo mi secuestro como si Dios me hubiera dicho: no te puedo volver a meter en el vientre de tu madre, pero te voy a meter nueve meses en un cuartito para que con tu inteligencia y tu memoria decidas cómo vas a vivir tu segunda oportunidad. Entendí con todo mi ser que mi tesoro es mi gente y no mi trabajo o mi cuenta bancaria. En el cuarto lo hubiera dado todo por abrazar un minuto a uno de mis hijos. Desde entonces valoro a la gente por sus cosas positivas y no por sus errores”. 

Este hombre tuvo una valentía heroica, cuando tenía todo para echarse al olvido y deprimirse terriblemente aceptó lo que le pasaba. Cuesta hacerlo pero el que se sobrepone a su dolor  llega mucho más lejos. Quien acepta esta situación convierte el hecho doloroso en una tarea: la de reorganizar su vida contando con esa dramática verdad que se ha hecho presente. Exige tomar decisiones y una de ellas, es qué vamos a hacer para cambiar nuestra forma de ver la vida en esos momentos, y darle un sentido positivo, porque las cosas siempre pasan por algo.

Para que se enteren de primera mano, los dejo con una entrevista a Bosco publicada en http://www.diocesismalaga.es/index.php?mod=videos&secc=vertv&con=dsl&prg=bosco05 en la que él mismo cuenta lo que le pasó:

– ¿Cómo se sentía?

– Me tuvieron desnudo cuatro meses. Los secuestradores iban con capucha y jamás oí sus voces, se comunicaban por escrito. Después de tenerme tres días a oscuras me pasaron un interrogatorio: “Hasta que conteste no comenzarán las negociaciones”. 

– Contestó, claro…

– Les conté detalles de la vida cotidiana de mi familia y me sentí un traidor, me abandoné y me dejé morir. Trece días tirado en el suelo, haciéndome las necesidades encima. 

– ¿Salió de ese estado?

– Un día, uno de los guardianes me mostró un papel: “¡Viva México! (era el día de la independencia), puede tomar lo que quiera”. 

– ¿Qué pidió?

– Un gran vaso de Chivas. Me lo trajo, yo me arrastré para cogerlo porque estaba totalmente entumecido y me fui al rincón como un animal con su presa. “Esto sí lo voy a gozar”, me dije. Entonces, el otro Bosco que hay dentro de mí comenzó a hablarme: “¡A ver si eres tan hombrecito!, ofrece el whisky”. 

– ¿Y?

– “Yo ofrezco estar secuestrado”, dije. “Eso no depende de ti”, contestó mi voz interior, y tiré el whisky por el wáter. Me quedé pensando que había hecho una estupidez y me dormí. Cuando desperté, cogí el papel sobrante del interrogatorio y escribí: “Hoy gané mi primera batalla, no todo lo deciden ellos”. Así empecé a recuperar la autoestima. 

– ¿Cómo consiguió que creciera?

– Pensé que no sería muy diferente lo que yo le diría a uno de mis hermanos si estuviera en mi lugar y decidí escribir una carta como si el secuestrado fuera otro. Me puse en pie por primera vez en 19 días y recé. 

– ¿Olvidó la carta?

– Sí, pero cuando acabé el rosario la vi dobladita junto a la puerta y me puse a llorar como un idiota: “¡Recibí una carta de mis hermanos, qué maravilla!”, grité. El Bosco realista me decía: “Ya te volviste loco”. 

– ¿Qué ponía en la carta?

– “Éste no es un problema personal, es un problema familiar, y lo vamos a resolver en equipo, pero tú eres el que tiene el trabajo más importante: cuidar de ti mismo”. 

– ¿Abandonó el papel de víctima?

– Sí, entendí que mi trabajo era entregar mi cuerpo perfecto al equipo. Así estructuré mi vida, que dividí en tres columnas: salud mental, salud física y aprovecha el tiempo incluso en esas circunstancias. 

– ¿Cómo aprovechar el tiempo en un cuarto de 2 metros cuadrados?

– Lo primero era no volverme loco. Entendí que cuanto mayor fuera el rechazo más crecería la angustia, y decidí aceptar mi circunstancia, limpiar mi cuartito y controlar la imaginación. El tiempo lo medía a través de una cinta de música que ellos ponían para que no los oyera. – Eso es muy mortificador… – Yo lo convertí en un instrumento. Vivía días de 32 casetes y acabé ajustando la fecha, esas conquistas mejoran tu autoestima. También pedí una dieta muy sencilla que le recomiendo. Fruta tres veces al día, cereales por la mañana, proteína al mediodía y yogur por la noche. Corría una hora y media al día (tres casetes) y hacía un casete de abdominales. Pero estoy convencido de que el músculo más importante es la voluntad. 

– ¿En qué pensaba?

– En mi madre, que había muerto tres años antes. Recuperé un recuerdo de niño, un sueño. Estaba en el infierno, y un tipo me gritaba: “Estas aquí por no haber ayudado a nadie, fuiste egoísta, y yo estoy aquí porque nadie me echó una mano. Si me hubieras ayudado, los dos estaríamos en el cielo”. Mi madre, que era muy inteligente, me dijo: “Te acabas de dar cuenta de tu responsabilidad como cristiano, hay que ayudar a los demás”. 

– ¿Temía encontrar en el infierno a uno de los secuestradores?

– Pues sí, y que me dijera: “Te pudres en tu perfección, porque nunca pensaste que nosotros somos tan dignos y valiosos para Dios como cualquiera”. 

– ¿Y empezó a hacer apostolado?

– Recé por ellos y cuando llegó Navidad les pasé un papelito: “Señores guardianes, hoy es Navidad y no hay ni secuestradores ni secuestrado, todos somos hijos de Dios y a las ocho de la noche vamos a rezar”. A esa hora abrieron la ventana de la puerta y vi a cinco encapuchados blancos en un fondo negro. 

– ¿Qué les dijo?

– Les hablé de la humildad y les leí el evangelio. Al terminar, uno por uno me dieron la mano y experimenté la felicidad más grande. Salir de mí mismo y pensar en los otros hizo que me sintiera valiente y útil. “Arquitecto Bosco – me escribió uno de los secuestradores-, díganos de dónde saca usted la fuerza”. 

– ¿De dónde?

– Había perdido el miedo, sabía que mi vida no estaba en sus manos, sino en las de Dios. Los cinco meses restantes fueron de gran profundidad espiritual. 

– ¿Cómo salió de allí?

– Temía que me abandonaran dejándome morir. Durante meses estuve fabricando una ganzúa con un muelle del catre. La idea era usarla si me abandonaban, pero quise probarla, abrí y no pude volver a cerrar. Me veía muerto. Avancé, pasé junto a un guardián que dormía y salté por una ventana. Cuando volví al ver a mi familia escribí lo siguiente: Todo es providencia, nada es coincidencia. Todo es para bien y ante sus manos sólo hay ganadores y no perdedores. Dios sabe más y nosotros somos muy limitados. Dios nos pide un abandono de nuestros propios juicios. En esta lucha resumo todo mi secreto y quiero quitar cualquier mérito propio. Estoy convencido de que con Él podemos todo y que sin ÉL la más mínima cosa. Cuando no podemos más, nos carga en sus hombros para darnos la libertad. No te olvides de esto. Dios sabe más. Lucha con fe y perseverancia, es hora de responder porque de eso depende nuestra felicidad aquí y en la vida eterna…”